22 ene. 2017

La paradoja robótica

Las revoluciones y el progreso siempre ha provocado entusiasmos y rechazos. Cuando Gutenberg adaptó la imprenta  a las necesidades europeas, los copistas debieron sentirse muy dolidos con el diabólico invento. De la misma manera, el ferrocarril metería el miedo en el cuerpo a aquellos que se dedicaban al transporte de mercancías y personas con tecnologías de tracción animal. Siguiendo esta correlación, podríamos incluir numeroso ejemplos. Sin embargo, los procesos tecnológicos llegan, se comercializan y se quedan con nosotros hasta que son sustituidos por un sistema más moderno Y así ha evolucionado la historia de la humanidad. Y no parece que volver hacia atrás sea una solución aceptable: iluminarnos con velas, cocinar en la hoguera o desterrar la lavadora no son planes a corto-medio plazo en los hogares medios de occidente.

Cuando la industria comenzó a usar sistemas robotizados, los procesos más complicados, precisos  o pesados comenzaron a prescindir de mano de obra humana. En principio, analizando la situación desde un punto de vista optimista, se podría vislumbrar una sociedad desarrollada con un nivel de vida más elevado y donde el trabajo más duro sería realizado por máquinas, reservando el ocio y esparcimiento para los humanos. Aldous Huxley coqueteó con esta idea en su obra un mundo feliz, donde el trabajo vendría  ser algo así como un entretenimiento, por no ser necesario el esfuerzo humano en su utópica sociedad.
La Oficina de Inventos está atestada de planes para implantar métodos de reducción y ahorro de trabajo. Miles de ellos. —Mustafá hizo un amplio ademán—. ¿Por qué no los ponemos en obra? Por el bien de los trabajadores; sería una crueldad atormentarles con más horas de asueto. Lo mismo ocurre con la agricultura. Si quisiéramos, podríamos producir sintéticamente todos los comestibles. Pero no queremos. Preferimos mantener a un tercio de la población a base de lo que producen los campos. Por su propio bien, porque ocupa más tiempo extraer productos comestibles del campo que de una fábrica.
Sin embargo, el sistema capitalista está lejos del concepto social puesto en valor por Huxley: En el siglo XXI las empresas mandan, y algunas más que muchos gobiernos.  Y no se les podrá forzar a que su producción  sea redistribuida ente la población, pues su objetivo, legítimo por otra parte, es el lucro. En busca de ese lucro indagarán en las acciones que le permitan rentabilizar su actividad y la robotización en un factor decisivo para conseguir este objetivo. A fin de cuentas,  tras una inversión inicial, el trabajador cibernético  es más preciso y efectivo, no descansa, no se pone enfermo y no se queja. En algunos casos, los robots pueden ayudar a profesionales cualificados, como podría ser un cirujano en un delicada operación o un piloto de avión que se deja ayudar por el sistema de navegación automático de su aeronave.

Pero a medida que descendemos en la jerarquía laboral y nos acercamos a trabajos menos cualificados, la mano humana cada vez se hace más prescindible. Hay muchos procesos laborales claramente mecanizables: todo tipo de robots industriales, cajeros, autoservicios... y hasta camareros de fast-food. Así, McDonals prevé aligerar sustancialmente su plantilla  con la implementación de maquinas expendedoras. La estrategia, a priori, parece no encontrar resistencia, pues se aumenta la producción y se reducen los gastos. Sin embargo, si la industria continúa su proceso de robotización y prescinde masivamente de la mano de obra no cualificada -mayoritaria por propia definición en cualquier sistema cultural- ¿Quién podrá consumir toda esa producción? ¿Quién será responsable de regularizar esta situación? ¿Es infinito el crecimiento o nos encontramos a las puertas de un colapso del  sistema productivo? ¿Se generará una sociedad aún más polarizada económicamente?
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo


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