29 ene. 2017

¿Podemos exigir privacidad en redes sociales?

De vez en cuando vemos aparecer en los muros de nuestros contactos un aviso sobre una presunta privacidad en  las redes sociales en las que se prohíbe al proveedor del servicio a usar los datos generados. Otros mensajes, más perfeccionistas, incluyen que esos datos no pueden ser utilizar para ningún tipo de investigación. Sin embargo, ese punto de partida es tan discutible como ineficiente, pues el usuario pretende establecer un contrato de manera unilateral sobre un escenario en el que no tiene control, autoridad ni jurisdicción. De entrada, bastaría con leer las políticas de privacidad, condiciones de uso y políticas de datos que cualquier plataforma de este tipo nos ofrece al formalizar la membresía  para darnos cuenta de los  requisitos para formar parte de estas comunidades.
 
Facebook, Twitter  o Instagram, como ya hemos comentado en otras ocasiones, no tienen ningún interés en nuestros datos, en nuestras reflexiones ni en nuestras imágenes o vídeos. O al menos no de manera individual. Sí que les interesa que se multipliquen nuestras comunicaciones, pues mientras más nutridas sean,  más

Baudrillard al interpretar la sociedad de consumo desde una perspectiva semiótica afinaba en el problema al colocar al consumidor al mismo nivel que el objeto. Ambos son signos de un mismo sistema. Incluso llegaba a coquetear con la idea del el consumidor no poseía al objeto, si no que era el objeto el que poseía al consumidor. Así, desde una posición un tanto catastrofista, nos vemos obligados a aceptar nuestra posición de servidumbre en una sociedad cuya complejidad no llegamos a vislumbrar  y ante la que nos vemos superados. La revolución digital ha sido servida jerarquicamente y, a fin de cuentas, somos victimas de nuestra propia libertad digital.
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

22 ene. 2017

La paradoja robótica

Las revoluciones y el progreso siempre ha provocado entusiasmos y rechazos. Cuando Gutenberg adaptó la imprenta  a las necesidades europeas, los copistas debieron sentirse muy dolidos con el diabólico invento. De la misma manera, el ferrocarril metería el miedo en el cuerpo a aquellos que se dedicaban al transporte de mercancías y personas con tecnologías de tracción animal. Siguiendo esta correlación, podríamos incluir numeroso ejemplos. Sin embargo, los procesos tecnológicos llegan, se comercializan y se quedan con nosotros hasta que son sustituidos por un sistema más moderno Y así ha evolucionado la historia de la humanidad. Y no parece que volver hacia atrás sea una solución aceptable: iluminarnos con velas, cocinar en la hoguera o desterrar la lavadora no son planes a corto-medio plazo en los hogares medios de occidente.

Cuando la industria comenzó a usar sistemas robotizados, los procesos más complicados, precisos  o pesados comenzaron a prescindir de mano de obra humana. En principio, analizando la situación desde un punto de vista optimista, se podría vislumbrar una sociedad desarrollada con un nivel de vida más elevado y donde el trabajo más duro sería realizado por máquinas, reservando el ocio y esparcimiento para los humanos. Aldous Huxley coqueteó con esta idea en su obra un mundo feliz, donde el trabajo vendría  ser algo así como un entretenimiento, por no ser necesario el esfuerzo humano en su utópica sociedad.
La Oficina de Inventos está atestada de planes para implantar métodos de reducción y ahorro de trabajo. Miles de ellos. —Mustafá hizo un amplio ademán—. ¿Por qué no los ponemos en obra? Por el bien de los trabajadores; sería una crueldad atormentarles con más horas de asueto. Lo mismo ocurre con la agricultura. Si quisiéramos, podríamos producir sintéticamente todos los comestibles. Pero no queremos. Preferimos mantener a un tercio de la población a base de lo que producen los campos. Por su propio bien, porque ocupa más tiempo extraer productos comestibles del campo que de una fábrica.
Sin embargo, el sistema capitalista está lejos del concepto social puesto en valor por Huxley: En el siglo XXI las empresas mandan, y algunas más que muchos gobiernos.  Y no se les podrá forzar a que su producción  sea redistribuida ente la población, pues su objetivo, legítimo por otra parte, es el lucro. En busca de ese lucro indagarán en las acciones que le permitan rentabilizar su actividad y la robotización en un factor decisivo para conseguir este objetivo. A fin de cuentas,  tras una inversión inicial, el trabajador cibernético  es más preciso y efectivo, no descansa, no se pone enfermo y no se queja. En algunos casos, los robots pueden ayudar a profesionales cualificados, como podría ser un cirujano en un delicada operación o un piloto de avión que se deja ayudar por el sistema de navegación automático de su aeronave.

Pero a medida que descendemos en la jerarquía laboral y nos acercamos a trabajos menos cualificados, la mano humana cada vez se hace más prescindible. Hay muchos procesos laborales claramente mecanizables: todo tipo de robots industriales, cajeros, autoservicios... y hasta camareros de fast-food. Así, McDonals prevé aligerar sustancialmente su plantilla  con la implementación de maquinas expendedoras. La estrategia, a priori, parece no encontrar resistencia, pues se aumenta la producción y se reducen los gastos. Sin embargo, si la industria continúa su proceso de robotización y prescinde masivamente de la mano de obra no cualificada -mayoritaria por propia definición en cualquier sistema cultural- ¿Quién podrá consumir toda esa producción? ¿Quién será responsable de regularizar esta situación? ¿Es infinito el crecimiento o nos encontramos a las puertas de un colapso del  sistema productivo? ¿Se generará una sociedad aún más polarizada económicamente?
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo


15 ene. 2017

#TeObservan

En los últimos días nuestras calles se han llenado de un enigmático cartel  protagonizado por una cámara de seguridad y el hashtag #TeObservan. La campaña sigue en la web http://www.teobservan.com/. Los interrogantes no podían hacerse esperar, pues a fin de cuentas de cuentas el eslogan es casi un aforismo de la sociedad de la información ¿Quién está detrás de esta campaña? ¿Quién podría dejarse tamaña cantidad de dinero en ilustrarnos sobre los peligros de una sociedad altamente vigilada? ¿Es puro altruismo o un fin turbio se esconde detrás de este texto profético?

Ellos están ahí, te miran sin que te des cuenta. Tu historial de internet les dice mucho de ti. Saben lo que lees, lo que escuchas, lo que sigues, lo que compras y lo que quieres comprar.
Conocen perfectamente lo que te gusta e incluso lo que dices que no te gusta pero miras a escondidas.
Y tú les ayudas. Llevas todo el día contigo un GPS en el bolsillo que va dejando un rastro sutil de información en cada paso que das, en las fotos que compartes, comentarios que haces, aplicaciones que usas, llamadas y mensajes.
Con sólo salir a caminar unas calles, ya quedan imágenes tuyas en cientos de cámaras de seguridad que hay por la ciudad.
Incluso ahora mientras lees este texto. ¿O pensabas que no había nadie mirando a través de la webcam de tu ordenador?
Lo saben absolutamente todo de ti. Te vigilan, te siguen, te observan.
¿Te habías puesto a pensarlo?

Sin embargo, las intenciones de la web no son inocentes, aunque tampoco sean perversas. Y su aviso legal ya nos previenen. Efectivamente, somo observados, y esta página forma parte del ejercito de cotillas digitales:
Este sitio web utiliza cookies para obtener datos estadísticos de la navegación de sus usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su instalación y uso. Si quieres, puedes cambiar tus preferencias o ampliar esta información en nuestra política de cookies.

¿Paradoja? ¿Serendipia?  Algo más sencillo. Una simple campaña publicitaria que  se hace eco de un elemento trascendental, paranoico  si se quiere, de la sociedad de la información, digno para un guión de intriga de un episodio de Black Mirror. El control al que somos sometidos por parte de empresas, gobiernos y ciberdelincuentes es utilizado por la agencia de publicidad Saatch para introducir su próxima campaña. Campaña que, por otra parte no debió ser nada barata, pero que un error al registrar http://www.teobservan.org y dejar el registro visible en el whois, permitió que el gran público accediera a esta información antes de desvelar al anunciante, que previsiblemente será Toyota (perdón por el spoiler).
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

11 ene. 2017

Enanos a hombros de gigantes

¿Está la tecnología transformando nuestro cerebro? ¿Es capaz el exceso de información de sobreestimular nuestro sistema nervioso por encima de sus límites? ¿Sufrirán los niños nacidos en la revolución tecnológica las consecuencias de sus hábitos cibernéticos?

Hace entre 10.000 y 15.000 años éramos aún cazadores recolectores enfrentándonos a un proceso de sedentarización brutal y sin precedentes. Desde entonces no hemos parado de evolucionar y utilizar tecnologías que con cada generación aumentaban su complejidad. El ser humano ha ido absorbiendo con naturalidad y normalidad estos avances paulatinos. De hecho, la adquisición y  dominio del lenguaje escrito debió suponer para los cerebros de nuestros ancestros un nivel de estrés similar al que está suponiendo la adaptación a las tecnologías telemáticas. El mismo hecho de utilizar la comunicación oral y el lenguaje articulado supusieron una serie de transformaciones sin precedentes de la que no nos arrepentimos, si no que  aceptamos con naturalidad como algo propio de nuestra especie.

Por otra parte, la tecnificación no deja de ser un cambio más dentro de un proceso socioevolutivo multidimensional, y no es necesariamente el más perjudicial. Por primera vez en la historia de la humanidad, homo sapiens es capaz de conseguir todas las calorías que  desee sin necesidad de invertir ninguna energía para ello. Esta situación ha generado una proporción de obesidad preocupante en occidente en términos estadísticos. En consecuencia podríamos  y deberíamos preguntarnos, antes de cargar tintas contra la transformación cibernética ¿Es más perjudicial el uso de tecnologías de la información que la obesidad o la contaminación? 

Como parte de un constructo cultural, nos vemos obligados a asumir una serie de compromisos a cambio de unos servicios. Y si queremos formar parte del sistema, algo incuestionable al no existir dentro del sistema cultural occidental vías de subsistencias ajenas al propio sistema mayoritario, debemos jugar dentro del mismo utilizando las reglas y códigos comunes. Ni más menos. Así pues, en una sociedad digital, partiremos de mejores opciones de competitividad, puro darwinismo social, en tanto en cuanto dominemos los códigos sociales. Y dominar el mundo digital es una apuesta insoslayable.
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

6 ene. 2017

quid pro quo

En este día de reyes magos de 2017 no viene de más recordar que nadie regala nada por nada. Y el mundo digital que tan fácil nos pone la globalización de nuestras acciones, es el más adecuado para que se nos olvide esta premisa. Por mucho que nos lo recuerden, estamos predestinados a picar en los anzuelos  que los pescadores de incautos colocan a cada momento. Los cebos son muy variados: nos regalan el oro y el moro por los listos, guapos o afortunados que somos. Pero el resultado viene a ser siempre el mismo, y no es otro que saldremos malparados de la transacción que a priori se prometía sustanciosa. 

Por eso, si nos llega un mensaje de McDonalds en el que por el mero hecho de responder a tres preguntas nos ofrecen un cheque de 150€ o si el Corte Inglés nos regala 1000€ sin saber muy bien por qué... la mejor solución es ignorar la comunicación. Nunca obtendremos el premio, pero habremos perdido el dinero de una llamada a un número de tarificación adicional, nos habremos suscrito a una cuenta de mensajes de pago o habremos cedido datos personales sensibles a cualquier delincuente cibernético. Así que en la calle o en la red, antes de actuar, lo mejor es reflexionar.
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

Amigos en la red (Últimas actualizaciones)

Archivo del blog