9 abr. 2015

Muertos de primera, muertos de segunda

La muerte es un evento muy importante en la antropología. Nigel Barley, en su tratado Bailando sobre la tumba hace una profunda reflexión sobre lo que este trance desempeña y desencadena en diferentes lugares del planeta. La defunción es un momento que conforma sociedades y fortalece o debilita vínculos entre los nodos que conforman un entramado cultural. Es innegable que todo ser vivo debe morir, antes o después. Pero la muerte humana parte de un precepto del que no son conscientes el resto de las especies animales del planeta: la anticipación del problema. El ser humano sabe que va a morir y la vida se configura entorno a este precepto: las diferentes religiones y formas de relacionarse con el medio hacen que no olvidemos esto en ningún momento. Después, nos engolosinan con diversas promesas difíciles de cumplir, difíciles de demostrar pero también difíciles de contradecir. Se promete la reencarnación, la vida eterna, el paraíso, la yanna o el walhalla. Esto ha sido así desde hace siglos y parece ser que va a tardar en cambiar.

Pero la muerte también vende, y a base de banalizarla, acabamos acostumbrándonos a ella. En lo que va de año los medios de comunicación han venido inundado los periódicos e informativos de muerte. Accidentes de avión,suicidios y atentados han sido los principales causantes de la muerte mediatizada. Si embargo, los medios occidentales tratan de diferente manera la muerte según el lugar donde se produce y la nacionalidad y estatus socio-económico de los finados. El atentado de enero en París  o el último accidente aéreo en los Alpes hicieron que corriesen ríos de tinta, mientras que los 150 asesinados cristianos en Kenia apenas si han merecido algún titular de compromiso ¿Son más importantes los muertos europeos que los de otros continentes? ¿Se puede tachar de racistas a los medios por esta falta de equidad?  No es racismo, nos preocupa lo que vemos, los que nos toca, lo que sentimos. Antropologicamente es explicable en tanto en cuanto formamos redes por proximidad. Por lo tanto, somos más sensibles a la pena, o alegría, vecina  que a la tragedia lejana.
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

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